Vacaciones en Cerdeña

Cerdeña, la segunda isla más grande del Mediterráneo, detrás de Sicilia, es un destino turístico de primer orden, igual que todos los que pueblan el Mediterráneo, pero con sutiles diferencias que hacen de este lugar un paraje único.

Aparte de la riqueza paisajística y natural que ofrece la isla, en cuyo litoral abundan las calas casi vírgenes, gracias a que las aberraciones urbanísticas tan afines a todo el mare nostrum no han conseguido extender sus garras aquí (todavía… sic), en Cerdeña podemos encontrar una riqueza poco abundante en los destinos turíticos mediteráneos: restos arqueológicos.

Es sorprendente el hecho de que sólo en pocos lugares alrededor de este mar que, una vez, fue el origen de casi todo, encontremos restos de lo que una vez fuimos todos, cuando las fronteras y las razas aún estaban por definir.

En Cerdeña podemos viajar al pasado, visitando los numerosos yacimientos arqueológicos, en su mayoría de procedencia nurágica (los primeros habitantes de la isla), que datan del siglo IX a.C.

Y por si todo esto fuera poco, la isla es un lugar turístico, sí, pero además, se trata de un tipo de turismo que no transforma y coloniza, convirtiendo la zona en algo que no lo reconoce ni la madre que lo parió (esas tabernas inglesas en la Costa del Sol… ains), sino en un tipo de turismo que conserva, respeta y admira, sabiendo que, aparte del buen tiempo, las magníficas playas y la exquisita gastronomía de la zona, conocer la Historia también es una actividad tremendamente gratificante, también en vacaciones.

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Escrito por Antonio López | 27 de agosto de 2007 | 4 comentarios
Europa.

Abadía de Westminster, Londres

La Abadía de Westminster es una de las iglesias más visitadas del mundo. Se trata de una iglesia de estilo gótico del tamaño de una catedral, situada en pleno centro de Londres, en el barrio de Westminster (estaciones de Metro más cercanas, Westminster y St James’ Park), y es el lugar de coronación de los monarcas ingleses desde el año 1066, con la excepción de Jane Grey, Eduardo V y Eduardo VII.

El nombre completo de la abadía es Iglesia Colegiata de San Pedro de Westminster y, según reza la leyenda, fue construida en ese asentamiento después de que un pescador del río Támesis tuviera una visión de San Pedro, en el siglo VII d.C.

En su origen, fue de estilo románico pero, finalmente, tras un periodo de reconstrucción entre 1245 y 1517, concluyó su aspecto y estilo actuales.

En su interior, se encuentra la famosa St. Edward’s Chair, donde el monarca que va a ser coronado por el arzobispo de Canterbury (esas viejas tradiciones inglesas), reposa durante toda la ceremonia.

Esta abadía no es sólo el lugar de coronación de la monarquía inglesa, sino también el lugar donde descansan sus restos. Sin embargo, existe también un lugar en la misma, conocido como “el rincón de los poetas”, donde se pueden encontrar las tumbas de personajes del mundo de las Artes y las Ciencias como Isaac Newton, Charles Darwin, Laurence Olivier, Geoffrey Chaucer, David Livingstone o Rudyard Kipling.

La Abadía de Westminster, un lugar que no puede faltar en el itinerario de todo visitante de la ciudad de Londres.

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Escrito por Antonio López | 24 de agosto de 2007 | 3 comentarios
Europa y Turismo Cultural.

Tiburones en Mauricio

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Una de las actividades más llamativas y curiosas que se pueden realizar en Mauricio, conjunto de islas a 900 kilómetros de Madagascar, es la de contemplar tiburones dentro de una jaula.

Sin duda, ha de ser una experiencia única y que, a buen seguro, te hace apreciar las pequeñas cosas de la vida.

Personalmente, lejos de dudar de las medidas de seguridad de la jaula en cuestión (que lo hago, y mucho, además), eso de sumergirte en el agua rodeado de tiburones, pudiendo estar tumbado en una hamaca dorándote al sol, es algo que jamás me plantearía.

Porque, cuando uno se encuentra en un lugar con unas playas de película, esperando ver salir del agua a la Ursula Andress o la Halle Berry de turno, no puedo entender el interés que se puede encontrar en exponerse a que un tiburón decida catar el sabor de tu pierna y, por mucho que digan en los documentales que la carne humana no es del agrado del exquisito paladar de estos peces, mi pierna es mía y, qué queréis que os diga, lleva toda la vida conmigo y ya le tengo cierto cariño.

Así que, cuando nos encontremos en Mauricio, vosotros haced lo que creáis conveniente. Por mi parte, os esperaré tomando daikiris en la tumbona de la piscina del hotel. Y seguro que mi experiencia no es tan inolvidable como la vuestra pero, a los únicos ataques a los que me expondré cuando estemos allí serán a los de tos por dormir con el aire acondicionado a tope. Que también tiene su riesgo, oye.

Escrito por Antonio López | 22 de agosto de 2007 | 9 comentarios
Africa y General.

Taxis universales

Existen pocas cosas universales: la estupidez, los carteles de “beba Coca-Cola”, suspirar cuando nos sentamos en una silla, el amor, las ventosidades matutinas, la rebeldía de la adolescencia y, por supuesto, la picaresca del taxista.

La historia transcurre en Moscú pero, dada la universalidad del carácter de estos profesionales (ojo, no de la mayoría, que no todos son unos bucaneros de tres al cuarto), puede extrapolarse a cualquier parte del globo.

Vaya por delante que, en Moscú, cualquier coche es un taxi en potencia. Basta con levantar el brazo y, al momento, un vehículo se detiene a tu lado, sin indicativos luminosos donde se lea la palabra “taxi” ni gaitas extrañas. Se pacta el precio, siempre por adelantado, por supuesto (si no hay letrero luminoso, de los taxímetros ni hablamos) y, hala, carretera y manta.

Pues bien, recién llegados a la ciudad, paramos un taxi de los de letrero luminoso. Le indicamos el destino y nos dijo que nos llevaba por la módica cantidad de 260 euros (estas cosas se pagan en euros, nada de rublos, claro está). Como nos pareció un precio excesivamente caro y, dado que no habíamos pedido caviar además del viaje, llamamos, igual que el personaje de Samuel L.Jackson en Pulp Fiction, a nuestro contacto, no en Toluca Bay, sino a un par de manzanas de la Plaza Roja.

Éste nos comentó que 120 euros sería un precio más que razonable así que, como la picaresca nació en la península ibérica, le ofrecimos a nuestro amable filibustero la nada desdeñable cantidad de 60 euros. Finalmente, acordamos 80 euros por el trayecto y, cuando subíamos al interior del vehículo del corsario, uno no pudo evitar sentirse reconfortado al encontrarse como en casa, echando la mente a volar, pensando que ésto debe ser consecuencia la famosa globalización.

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Escrito por Antonio López | 21 de agosto de 2007 | 1 comentario
General y Transportes.

Reductos de paz

Aunque parezca mentira, debido a esta época en la que el Monstruo del Ladrillo todo lo devora, aún siguen quedando pequeños reductos en el litoral español que, a modo de la aldea de Asterix, resisten el paso del tiempo más o menos inalterables.

Pequeños reductos de paz y tranquilidad, en los que las gentes aún se paran en las calles para hablar las unas con las otras, sin importar clases sociales ni gaitas semejantes. Lugares en los que las prisas de esta sociedad no tienen cabida.

El viajero experto, que nada tiene que ver con el turista de domingo, el de la tortilla y la nevera con las bebidas (actividad muy respetable, por otra parte), reconoce estos lugares y los guarda en la memoria o el corazón, marcando con una X el lugar, de tal modo que sólo él pueda llegar a tan ansiado oasis.

No hay mapas ni indicaciones. Estos lugares no se recomiendan porque, si se hiciera, perderían todo lo que los hace únicos, convirtiéndose en un sitio más, uno de tantos, indistinguibles unos de otros, anónimos y prefrabricados, productos de la sociedad de las prisas en la que vivimos.

Sólo aquellos que ya han estado en el lugar son capaces de regresar a él, rebuscando en la memoria, reconociendo lugares, comprobando que casi todo, afortunadamente, sigue tal y como lo recordamos.

En la foto podéis ver mi lugar, mi reducto, el sitio al que siempre vuelvo, en el que me siento mirando al mar mientras fumo un pitillo y, como se suele decir, me encuentro conmigo mismo. El sitio de cuyo nombre, por supuesto, no quiero acordarme.

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Escrito por Antonio López | 20 de agosto de 2007 | 1 comentario
Europa y General.

Fiestas del Agua en Villagarcía de Arosa

En torno al 15 de Agosto, coincidiendo con la festividad de San Roque, se celebran por todo el territorio español, multitud de fiestas, popularmente conocidas como Fiestas del Agua.

De todas ellas y, si tuviera que elegir una, sin duda me quedaría con las de Villagarcía de Arosa, pueblecito (ya casi una mini-ciudad) situado en la provincia de Pontevedra, en plenas Rías Baixas, tierra de uno de los mejores Ribeiros de toda Galicia o, al menos eso dicen (aunque, claro, esto mismo se dice en muchas partes).

Las Fiestas del Agua de Villagarcía, que congregan no sólo a gentes de toda Galicia, sino de buena parte del resto de España, son un clásico en pleno mes de Agosto.

Villagarcía duplica o triplica su población en estas fechas y, después de haber asistido varios años a esta muestra de diversión pasada por agua, es algo que no extraña en absoluto ya que, unido al carácter afable y abierto de sus gentes, la excelente comida que se puede degustar en cualquier lugar de la zona (ese pulpo a feira… ains), los paisajes que uno puede encontrar en la misma y, sobre todo, y no me cansaré de repetirlo jamás, a esas buenas gentes que, como siempre, suelen ser lo mejor y lo peor de los viajes (en este caso, sin duda, lo primero), garantizan al turista unos días inolvidables.

Eso sí, quien quiera visitar la zona buscando tranquilidad que, haberla, hayla, es mejor que espere unos días, porque estas fiestas son unas fiestas en condiciones. Como debe ser, por otra parte.

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Escrito por Antonio López | 13 de agosto de 2007 | 1 comentario
Europa y Eventos y General.

Florencia la bella

Florencia, de por sí, una de las ciudades más bellas del mundo, alberga tesoros, ocultos o no, en, prácticamente, todas sus calles, siendo el más llamativo el David, monumento sobrecogedor que, cuando uno lo contempla, no puede evitar que un escalofrío recorra su espalda, abriendo los párpados al máximo y comprobando cómo se erizan los pelos de la nuca, mientras las lágrimas (fruto de la emoción y de la belleza) acuden a nuestros ojos, aceptando que los genios existen (o, tal vez, sólo existieron) y que, si existe un dios, debería sentir envidia de Miguel Ángel por haber creado el David, que se encuentra dentro de la Academia de la Música.

Y, si bien la propia ciudad ya merecería una visita por la cantidad de monumentos que hay que ver y, abramos la boca ante lo que viene a continuación, no por sorpresa, sino por incredulidad, el magnífico estado de conservación de los mismos y, sobre todo, la coherencia urbanística que ha impedido que horrores de metal crezcan por encima de los edificios renacentistas, de tal modo que la cúpula de la Catedral de Santa María del Fiore sigue siendo lo más sobresaliente del paisaje florentino, algo que por lo insólito (lo de la coherencia, no lo de la cúpula) resulta prácticamente increíble, la región de la que es capital, la Toscana, acompaña perfectamente el mágico entorno de la ciudad.

Porque el paisaje de la Toscana es sencillamente indescriptible. Cuando uno recorre esa región, sea a pie o en coche, tiene la sensación de que el tiempo se detiene, que todo va más despacio y que olvidamos las prisas y la velocidad con la que la sociedad en la que tenemos la desgracia de vivir nos tiene acostumbrados y/o esclavizados.

Y para liberarnos, aunque sólo sea durante unos días, no hay nada mejor que una visita a Florencia, Florencia la bella.

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Escrito por Antonio López | 8 de agosto de 2007 | 4 comentarios
Europa y General y Turismo Cultural.

Un hotel hecho de hielo

Existen determinadas cosas que sólo se pueden encontrar en América y aunque, en este caso, la historia no esté ambientada en los Estados Unidos (porque, afortunadamente, América es mucho más que este joven país) sino en Canadá, el concepto es, más o menos, el mismo.

En la región de Quebec, la zona francófona de Canadá, podemos encontrar una curiosidad que, por sí misma, bien valdría un viaje a esas tierras.

Se trata de un hotel construido por entero en nieve y hielo, lo cual, evidentemente, descarta el traje de baño como complemento imprescindible de la maleta en caso de visitar dicha región.

Imagino que, cuando dicen que el hotel está hecho de hielo se referirán a las paredes única y exclusivamente porque, verbigracia, si la cama también está hecha de hielo o, en su defecto, de nieve, tiene que ser tan cómoda como la de un faquir. Y no hablemos del frío que se tiene que pasar porque imagino que el edredón también estará hecho del mismo material.

Y no quiero ni pensar lo que podría suceder si, al salir de la ducha, mojado, uno roza determinadas partes de su anatomía (me refiero a las delicadas, seguro que podréis haceros una idea de a cuáles me refiero) con la pared congelada.

De todos modos, como para este tipo de cosas se inventaron los hospitales, en mi próxima visita a Canadá comprobaré si es cierto eso que dicen de que en los iglús se está calentito porque así, entre nosotros, albergo serias dudas.

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Escrito por Antonio López | 6 de agosto de 2007 | 2 comentarios
Alojamientos y America y General.

Una comida en El Molar

En estos días en los que el invierno, para los que vivimos en el Hemisferio Norte, parece tan súmamente lejano aunque, por experiencia de muchos años, en realidad esté a la vuelta de la esquina (porque el tiempo vuela en cohete a reacción), y el sol apriete hasta ahogar con sus rayos asfixiantes, las escasas situaciones en los que una bendita nube oculta al Lorenzo, dejando el día gris y plomizo, hacen que uno añore esos mismos días que, como las fotografías antiguas, son en blanco y negro.

Esos días en los que, robándole horas de sueño al propio cuerpo, uno elige la compañía con sumo cuidado y parte hacia, por ejemplo, uno de los muchos pueblos de la Sierra Madrileña, en concreto, mi favorito de entre todos ellos, El Molar, un lugar acogedor, pequeño y coqueto, donde uno puede disfrutar de uno de los mayores placeres de la vida: comer.

Y en este paradisíaco lugar, los chuletones, churrascos, productos de la matanza y la huerta, solomillos y quesos, acuden a la mesa en una sucesión interminable, del mismo modo que la saliva llena mi boca al evocar la imagen de los manjares antes citados.

Y esta reminiscencia o premonición (elíjase la que se prefiera) acude a la memoria, caprichosa como ella sola, gracias al simple paso de una nube.

Porque, como ya he comentado en más de una ocasión, estas pequeñas cosas, sean reales o no, son las que forman las más grandes.

Y que alguien se atreva a negar que una comida con los platos antes mencionados no es una gran cosa.

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Escrito por Antonio López | 5 de agosto de 2007 | 0 comentarios
Europa y General y Turismo Gatronómico.

Cabo Palos, Murcia

Justo frente a ese horror urbanístico que es La Manga del Mar Menor, donde los edificios crecen sin ton ni son a modo de torres de Babel, al calor del sol y del poderoso caballero, se sitúa este pequeño remanso tranquilo y sereno, absurdo contraste entre la siempre triste realidad del ladrillo y la paz de las cosas eternas.

Porque este lugar, bajo un faro de los que todavía está en uso por increíble que parezca, refleja esa eternidad que sólo puede transmitir el Mediterráneo, ese mar que ha visto crecer todas las civilizaciones y las culturas europeas, condenado hoy día a simple vertedero por la acción del progreso y el catetismo.

Sin embargo, descansando en una de las calas de la zona, calas feas e incómodas, con piedras sabias que impiden que los turistas abarroten la zona, mientras uno contempla la puesta de sol fumando un cigarrillo y, aunque la estrella que nos da la vida se oculte tras las aberraciones urbanísticas de enfrente, uno puede aún apreciar el inmovilismo de ciertas cosas, captando la esencia antigua y eterna del lugar, saboreando las influencias romanas, fenicias, griegas y cartaginesas (cierto es que para ello haya que utilizar la imaginación porque, lamentablemente, apenas queda un solo rastro de ese lejano paso gracias a las inexistentes políticas de conservación del Patrimonio y la Cultura), transportándose al lugar en el que uno recuerda de dónde procede, ese lugar en el que se mezclaron tantas gentes y culturas que las unas no se pueden entender sin las otras, donde uno se reconcilia consigo mismo, aunque sólo sea por unos fugaces, breves, mágicos y (no sé si afortunada o desafortunadamente) transitorios segundos.

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Escrito por Antonio López | 3 de agosto de 2007 | 1 comentario
Europa y General.

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