Gällivare es un pueblecito o, al menos lo era cuando yo lo visité (ahora lo mismo es una metrópolis), situado en la Laponia sueca. Estando allí, cuando a las 4 de la tarde se hacía de noche, me dí cuenta de lo lejos que estaba de casa. A veces sucede, ¿a vosotros no? Puedes estar a miles de kilómetros de tu hogar, pero no piensas en ello hasta que un pequeño detalle como éste te hace pensar en ello. Y eso que cuando fui era a principios del mes de Abril, cuando ya tenían algunas horas de luz, tampoco muchas, 8 más o menos.
Recuerdo que, nada más llegar, pensamos de manera inmediata en la serie “Doctor en Alaska”, uno de esos oasis entrañables que, muy de vez en cuando, nos ofrece la televisión. Igual que en la serie, todo el pueblo estaba cubierto de nieve. De hecho, las casas de dos alturas, tenían una escalera que llegaba hasta la ventana redonda de la buhardilla. 5 metros, así, a ojo. Cuando preguntamos, nos dijeron, como si fuera lo más normal del mundo (claro, para ellos sí lo era) que, a veces, la nieve cubría las casas y tenían que salir por esa ventana.
Y los renos andan sueltos por las calles. Hay granjas de renos y, de vez en cuando se les ve pasear. Por cierto, comer reno es lo más parecido a comer un neumático. Por mucho que lo masticaras, no perdía su consistencia. Al final, tenías que optar por tragarlo.
Lo mejor del lugar, una estación de esquí cercana. Simplemente espectacular. Y, por supuesto, la gente. Son muy diferentes a nosotros, los mediterráneos pero, a la vez, tremendamente amables y abiertos.
Si tenéis la oportunidad, no lo dudéis. Eso sí, llevad ropa de abrigo. Mucha ropa de abrigo. En pleno mes de Abril, alcanzamos los 20 bajo 0. Y algo de frío se nota, creedme.

Escrito por Antonio López |
29 de Septiembre de 2007 |
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Europa.
Vivo en Madrid, con todo lo que ello implica. Prisas, atascos, mala leche, ruido, contaminación, barrios que recuerdan a los del videojuego San Andreas, otros que lo hacen a las películas de Batman, en fin, un primor.
Sin embargo, aún hay sitios que, como la aldea de irreductibles de Asterix, se resisten a desaparecer entre el maremagnum alienante de la gran ciudad. Sitios que, aunque uno lleve toda la vida aquí, nunca había visitado. Nos suele suceder con excesiva frecuencia. Entendemos el turismo sólo cuando abandonamos nuestro hogar, sin darnos cuenta de que, en nuestra propia ciudad, hay muchos lugares que bien merecen una visita.
Uno de esos es el barrio de Moratalaz, un lugar medianamente tranquilo (para ser Madrid, por supuesto), al que un servidor no se había acercado jamás. O, mejor dicho, no lo había hecho con detenimiento.
Pero, como la vida te da sorpresas, como dice la canción, de repente te encuentras con un lugar que, siendo Madrid, no parece Madrid. La Lonja de Moratalaz es un lugar que, desde el primer momento que lo vi, me recordó a la playa. Toda una hilera de terrazas situadas en una zona peatonal, sin ruidos ni coches, con el único acompañamiento del sonido ambiente de los barrios de siempre, las conversaciones de las gentes, las charlas sin prisa, esas pausas en las que uno puede aprovechar para conocer a la otra persona, sin velocidades estúpidas, cerrando las terrazas si hace falta, aunque al día siguiente haya que madrugar.
La Lonja de Moratalaz, un lugar perfecto para irse de vacaciones sin salir de casa. Y si uno puede disfrutar de ella con la mejor compañía que uno pudiera imaginar, ¿qué más se puede pedir?

Escrito por Antonio López |
24 de Septiembre de 2007 |
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Europa.
El príncipe Mausolo, virrey de la provincia persa de Caria (hoy, sudoeste de Turquía), mandó construir hacia el año 360 a.C. una tumba que proclamase su fama a través de los tiempos. Se confió esta labor a los mejores y más afamados arquitectos y escultores. El rico príncipe, como solía ser habitual en aquella época, no llegó a ver acabada su obra.
Otra teoría, mucho más romántica, dice que fue su mujer la que, tremendamente apenada por el fallecimiento de su marido, mandó construir el recinto.
El Mausoleo no ha podido llegar a reconstruirse con exactitud. En el siglo XIV, los caballeros de San Juan hicieron de la tumba una cantera para la construcción de la fortaleza de San Pedro de Halicarnaso, que hoy se llama Bodrum y es famosa por su activa vida nocturna (lo que cambian las cosas). Los caballeros la expoliaron tan a fondo que, sólo por la forma de la roca, puede reconocerse dónde estuvo situada la obra. Un triste ejemplo más de una obra de arte destruida para convertirse en estructura militar.
La tumba, erigida sobre una superficie de 33 x 39 metros, se levantaba a casi 50 de altura, visible a gran distancia. Cinco escalones reforzaban un muro que llegaba hasta media altura. Sobre éste empezaba el templo propiamente dicho, rodeado de columnas y cubierto por un tejado escalonado. Una gigantes cuádriga coronaba la obra.
El Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas de la Antigüedad de la que, como casi todas, sólo nos ha llegado una mínima parte de lo que pudo llegar a significar en su momento

Escrito por Antonio López |
24 de Septiembre de 2007 |
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Asia y General.
Según un manuscrito de la época, en la antigüedad hubo 3.000 estatuas, 100 de ellas de medidas colosales en la próspera isla de Rodas, situada en el Mar Egeo. Entre ellas, destacaba la más famosa estatua gigante de la antigüedad, el Coloso de Rodas, dedicada a Helios, dios del sol.
Su altura debió de ser de unos 30-40 metros, y su peso de 70 toneladas. Las piernas abiertas a la entrada del puerto, llevando en la mano una antorcha siempre encendida.
En el siglo IV a.C., después de su victoria sobre el rey macedonio Demetrio Poliorcetes, los rodios decidieron erigir una estatua en honor de su dios protector. Demetrio había puesto sitio a la isla, pero lo abandonó ante la imposibilidad de llevarlo a buen puerto. Se cuenta que los rodios vendieron las máquinas de guerra abandonadas en el campamento macedonio y emplearon las ganancias en la fundición de la estatua.
Se confió la obra al escultor Chares. Comenzó con los primeros bocetos en el año 291. El Coloso se terminó 12 años más tarde.
Sólo se mantuvo en su lugar 50 años, pues un terremoto asoló la isla, derribándolo al mar. Únicamente quedaron algunos restos de los enormes pies que, en el 653 d.C. fueron adquiridos por un comerciante judío de Edesa, que los repartió en 900 cargas de camello y los fundió en tierra firme.
De esta manera, no quedó ningún resto del Coloso de Rodas, una de las Maravillas de la Antigüedad.

Escrito por Antonio López |
18 de Septiembre de 2007 |
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Europa y General.
La ciudad de El Cairo tiene innumerables atractivos, cualquiera de ellos sería un buen motivo para visitar la ciudad. Sin embargo, si tuviera que elegir sólo uno de ellos, me quedaría con el Museo Arqueológico.
Inaugurado en 1902, alberga la mayor colección de tesoros del Imperio Egipcio. En la segunda mitad del siglo XIX, numerosas expediciones, en su mayor parte británicas, partieron hacia el Valle de los Reyes, realizando excavaciones en unos casos, auténticos saqueos en la mayoría.
A raíz de los descubrimientos, las piezas comenzaron a exhibirse, sobre todo en Londres y, a finales de siglo, comenzó el proyecto de la construcción de un museo en la ciudad egipcia, donde desde luego, deberían estar todas las piezas.
La joya de la corona del Museo Arqueológico de El Cairo es, sin lugar a dudas, el sarcófago de Tutankamon. Su tumba fue descubierta en 1922 por Howard Carter.
Tanto la historia del faraón, muerto a la edad de 19 años en extrañas circunstancias (circulan las teorías de un asesinato, una enfermedad hereditaria y un accidente hípico), como las muertes de los descubridores de la tumba, supuestamente castigados por perturbar el eterno reposo de Tutankamon, fomentaron la leyenda de la maldición del faraón lo que, evidentemente, generó (y genera) un atractivo morboso alrededor de las piezas funerarias de la tumba, excepcionales todas ellas, destacando el sarcófago de 110 kg de oro macizo, decorado con una exquisitez sublime.
Sea por la curiosidad morbosa (y humana, ojo), sea por repasar un episodio de la Historia de la Humanidad, sea por asomarse al fascinante mundo del Antiguo Egipto, El Cairo bien merece una visita. Elegid vuestro motivo.

Escrito por Antonio López |
15 de Septiembre de 2007 |
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Africa y Museos y Turismo Cultural.
Las Vegas, el patio de recreo de América. La ciudad del pecado. El lugar donde Sinatra y todos sus compañeros del Rat-Pack vivieron sus mejores años. La ciudad del juego.
Ya en el propio aeropuerto se nota que la ciudad es diferente. Es más, desde el aire se nota algo especial. A través de las ventanillas del avión, sólo desierto y, de repente, en mitad de la nada, las luces de neón de los cientos, miles, millones de casinos de la ciudad.
En el aeropuerto, mientras uno espera las maletas, otros esperan encontrar la suerte en las máquinas de monedas que pueblan la terminal. Las Vegas es el juego y el juego es Las Vegas. Y desde el primer instante uno toma conciencia de ello.
Hay un cierto aire familiar cuando uno pasea por Las Vegas, cierta sensación de déjà vu. Son tantas las películas que se han rodado aquí que resulta imposible no reconocer algunos de los lugares más emblemáticos. Eso sí, lo que no se aprecia en el cine es el calor asfixiante. Calor que contrasta con el ambiente gélido del interior de los hoteles-casino. Más de 45 grados en la calle, menos de 20 en el interior. Calor, frío, calor, frío. Será para mantener la sensación de que el tiempo, al igual que la suerte, viene y va. Para que nadie piense que algo dura eternamente.
Y cuando uno regresa al avión, sabiendo que, como en todos los lugares, los únicos que ganan dinero en los casinos son los que trabajan en ellos, se sorprende preguntándose cómo es posible que una ciudad en medio de la nada y dedicada en exclusiva al juego, puede ser un destino turístico de primer orden. Porque Hollywood lo ha sabido vender muy bien. Y Las Vegas, no lo olvidemos nunca, es el juego, esa suerte que, como dice la canción, si se balancea un poco, nos puede tocar.

Escrito por Antonio López |
12 de Septiembre de 2007 |
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America.
Una de las actividades más gratificantes cuando uno ejerce de turista es la oportunidad de practicar un poquito de turismo gastronómico. Unas veces, la mejor elección es, sin duda, la gastronomía local pero, cuando uno se encuentra en un lugar en el que la comida es variada y excelente, como es el caso de España, puede permitirse el lujo de elegir, realizando este tipo de turismo sin necesidad de moverse del lugar en el que uno está.
Gracias a tabernas como Lizarrán, uno puede degustar la maravillosa gastronomía vasca encontrándose, como era mi caso, en Alicante. La cultura del pintxo cercana a tan solo unos pasos, ya sabéis, vais cogiendo pintxos, a cual mejor, y acumuláis los palillos en el plato. Al final, se cuentan los palillos et voilà, la cuenta ya está servida. Barata, como suele ser siempre en los sitios en los que uno piensa que acaba de cometer un pecado por haber disfrutado tanto. Lo barato o lo caro no se establece en función del importe de la factura, sino en cómo se ha quedado uno.
En el caso de la taberna de Alicante, además de la magnífica comida (aunque uno estaba lleno, no podía dejar de comer, pues todo estaba riquísimo), hay que destacar el excelente servicio. La mayoría del personal que desempeña esta labor tan ingrata como fundamental y poco valorada, derrochan amabilidad y educación, algo que no debería llamar la atención pero, por lo poco habitual, merece la pena destacarlo.
Para disfrutar de una velada genial, si os encontráis en Alicante, no lo dudéis: Lizarrán es vuestro destino.

Escrito por Antonio López |
10 de Septiembre de 2007 |
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Europa y Turismo Gatronómico.
Venecia, la ciudad de los canales, el sueño imposible del Hombre de vencer al mar, un lugar condenado a la extinción, se sitúa en la parte nordeste de Italia, en la costa del Mar Adriático.
Son famosas por todo el mundo sus góndolas, sus canales y sus puentes. De ella se ha dicho que, si el romanticismo tuviera que elegir un lugar para vivir, sería esta ciudad su primera elección. Muchas parejas de enamorados y otras tantas que están en el proceso se dan cita en los múltiples puentes de la ciudad, esperando que su amor sea tan eterno como el correr del agua. Habría que preguntarles cuántos de ellos han alcanzado esa eternidad pero bueno, esa sería otra historia mucho más triste que nada tiene que ver con el romanticismo de la ciudad.
Paseando por la Plaza de San Marcos, uno de los lugares más bellos del planeta, uno respira todo lo que esta ciudad fue y aún sigue siendo: arte desde sus propios cimientos. En ellos, durante los conflictos con el Imperio Turco, Leonardo Da Vinci soñó la defensa arquitectónica perfecta que luego no se llegaría a realizar por cuestiones económicas.
Famosa en el mundo entero por sus Carnavales, probablemente los más famosos junto con los de Río de Janeiro, y su Festival de Cine (La Mostra), Venecia es el destino perfecto para unas románticas vacaciones.
Eso sí, elegid otra fecha que no sea el verano para viajar allí. Así evitaréis que los efluvios que manan de los canales (que no huelen a rosas, precisamente), estropeen la idílica estampa.

Escrito por Antonio López |
6 de Septiembre de 2007 |
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Europa.
Regresando de un viaje a la siempre maravillosa y espectacular costa gaditana (un día me quedo allí, lo juro), nos desviamos de la carretera para conocer un pueblo llamado Trujillo, en la provincia de Cáceres.
Famoso por su espectacular plaza mayor, una de las más bonitas de España, Trujillo tiene el sabor de los pueblos de siempre, con sus calles angostas y empinadas, un pueblo que mantiene viva la esencia de las cosas eternas, sencillas y cotidianas, esas mismas cosas que habitualmente desdeñamos precisamente por eso, por su cotidianeidad. Dado que se trata de pequeños detalles que no están rodeados de luces de neón ni de caras bonitas, esta sociedad en la que tenemos la suerte o la desgracia de vivir (elíjase la más apropiada al sentir de cada uno) apenas les presta atención, afortunadamente porque, si lo hiciera, se convertiría en un producto sin alma. Y ya hay demasiados.
Trujillo merece una visita, o dos, o tres o las que sean, para poder dar un paseo por sus calles, detenerse en su plaza mayor, contemplar la estatua ecuestre del conquistador cuyo apellido es el mismo de este precioso lugar, entrar en uno de los múltiples mesones que jalonan la plaza y degustar, sin prisas, como debe ser, un buen plato de jamón ibérico acompañado de un vino de la zona, sintiéndose cerca del paraíso, saboreando todas esas delicias, ambiente y comida, cayendo en la cuenta de que lo que uno puede encontrar en Trujillo sí es vida de verdad.

Escrito por Antonio López |
5 de Septiembre de 2007 |
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Europa.
Tarifa, uno de los lugares más conocidos de la provincia de Cádiz (mágica toda ella) gracias a sus constantes vientos, que la hacen una de las zonas del mundo más apropiadas para deportes como el surf, wind o kite, no es sólo el reducto donde unos cuántos hippies se resisten a desaparecer, devorados por las prisas de los tiempos modernos, es mucho más.
Esconde lugares mágicos donde perderse, desconectar del mundo y entonces y sólo entonces, encontrarse con uno mismo, preguntándose por qué narices uno tiene que regresar a su vida, en vez de mandarlo todo al carajo y buscarse las castañas en estos parajes encantadores.
Así es uno de ellos, la playa de Bolonia, situada a unos minutos de Tarifa, la ciudad del viento, en plena Costa de la Luz gaditana. Un lugar en el que, en los días claros, se puede contemplar la cercana costa africana, mientras que las noches son absolutamente inigualables, pudiéndose ver las luces de Tánger y el Faro de Espartel.
Un lugar en el que uno se replantea cosas, fumándose un pitillo a la puesta de sol (esto, por supuesto, es opcional), analizándose a sí mismo, mientras las olas del mar, eternas, vienen y van, como nuestros pensamientos, atrapados en la tesitura de tener que elegir la vida a la que estamos acostumbrados, con sus prisas y su mala leche, y otra mucho más placentera y, por ende, menos segura y arriesgada.
Y sí, este año he vuelto pero os lo voy a confesar… cada vez me cuesta más regresar.
Escrito por Antonio López |
28 de Agosto de 2007 |
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Europa.