Las Vegas y el juego

Las Vegas, el patio de recreo de América. La ciudad del pecado. El lugar donde Sinatra y todos sus compañeros del Rat-Pack vivieron sus mejores años. La ciudad del juego.

Ya en el propio aeropuerto se nota que la ciudad es diferente. Es más, desde el aire se nota algo especial. A través de las ventanillas del avión, sólo desierto y, de repente, en mitad de la nada, las luces de neón de los cientos, miles, millones de casinos de la ciudad.

En el aeropuerto, mientras uno espera las maletas, otros esperan encontrar la suerte en las máquinas de monedas que pueblan la terminal. Las Vegas es el juego y el juego es Las Vegas. Y desde el primer instante uno toma conciencia de ello.

Hay un cierto aire familiar cuando uno pasea por Las Vegas, cierta sensación de déjà vu. Son tantas las películas que se han rodado aquí que resulta imposible no reconocer algunos de los lugares más emblemáticos. Eso sí, lo que no se aprecia en el cine es el calor asfixiante. Calor que contrasta con el ambiente gélido del interior de los hoteles-casino. Más de 45 grados en la calle, menos de 20 en el interior. Calor, frío, calor, frío. Será para mantener la sensación de que el tiempo, al igual que la suerte, viene y va. Para que nadie piense que algo dura eternamente.

Y cuando uno regresa al avión, sabiendo que, como en todos los lugares, los únicos que ganan dinero en los casinos son los que trabajan en ellos, se sorprende preguntándose cómo es posible que una ciudad en medio de la nada y dedicada en exclusiva al juego, puede ser un destino turístico de primer orden. Porque Hollywood lo ha sabido vender muy bien. Y Las Vegas, no lo olvidemos nunca, es el juego, esa suerte que, como dice la canción, si se balancea un poco, nos puede tocar.

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Escrito por | 12 de septiembre de 2007 con 1 comentario.
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