Florencia la bella

Florencia, de por sí, una de las ciudades más bellas del mundo, alberga tesoros, ocultos o no, en, prácticamente, todas sus calles, siendo el más llamativo el David, monumento sobrecogedor que, cuando uno lo contempla, no puede evitar que un escalofrío recorra su espalda, abriendo los párpados al máximo y comprobando cómo se erizan los pelos de la nuca, mientras las lágrimas (fruto de la emoción y de la belleza) acuden a nuestros ojos, aceptando que los genios existen (o, tal vez, sólo existieron) y que, si existe un dios, debería sentir envidia de Miguel Ángel por haber creado el David, que se encuentra dentro de la Academia de la Música.

Y, si bien la propia ciudad ya merecería una visita por la cantidad de monumentos que hay que ver y, abramos la boca ante lo que viene a continuación, no por sorpresa, sino por incredulidad, el magnífico estado de conservación de los mismos y, sobre todo, la coherencia urbanística que ha impedido que horrores de metal crezcan por encima de los edificios renacentistas, de tal modo que la cúpula de la Catedral de Santa María del Fiore sigue siendo lo más sobresaliente del paisaje florentino, algo que por lo insólito (lo de la coherencia, no lo de la cúpula) resulta prácticamente increíble, la región de la que es capital, la Toscana, acompaña perfectamente el mágico entorno de la ciudad.

Porque el paisaje de la Toscana es sencillamente indescriptible. Cuando uno recorre esa región, sea a pie o en coche, tiene la sensación de que el tiempo se detiene, que todo va más despacio y que olvidamos las prisas y la velocidad con la que la sociedad en la que tenemos la desgracia de vivir nos tiene acostumbrados y/o esclavizados.

Y para liberarnos, aunque sólo sea durante unos días, no hay nada mejor que una visita a Florencia, Florencia la bella.

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Escrito por | 8 de agosto de 2007 con 1 comentario.
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