Una comida en El Molar

En estos días en los que el invierno, para los que vivimos en el Hemisferio Norte, parece tan súmamente lejano aunque, por experiencia de muchos años, en realidad esté a la vuelta de la esquina (porque el tiempo vuela en cohete a reacción), y el sol apriete hasta ahogar con sus rayos asfixiantes, las escasas situaciones en los que una bendita nube oculta al Lorenzo, dejando el día gris y plomizo, hacen que uno añore esos mismos días que, como las fotografías antiguas, son en blanco y negro.

Esos días en los que, robándole horas de sueño al propio cuerpo, uno elige la compañía con sumo cuidado y parte hacia, por ejemplo, uno de los muchos pueblos de la Sierra Madrileña, en concreto, mi favorito de entre todos ellos, El Molar, un lugar acogedor, pequeño y coqueto, donde uno puede disfrutar de uno de los mayores placeres de la vida: comer.

Y en este paradisíaco lugar, los chuletones, churrascos, productos de la matanza y la huerta, solomillos y quesos, acuden a la mesa en una sucesión interminable, del mismo modo que la saliva llena mi boca al evocar la imagen de los manjares antes citados.

Y esta reminiscencia o premonición (elíjase la que se prefiera) acude a la memoria, caprichosa como ella sola, gracias al simple paso de una nube.

Porque, como ya he comentado en más de una ocasión, estas pequeñas cosas, sean reales o no, son las que forman las más grandes.

Y que alguien se atreva a negar que una comida con los platos antes mencionados no es una gran cosa.

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Escrito por | 5 de agosto de 2007 con 0 comentarios.
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