Cabo Palos, Murcia

Justo frente a ese horror urbanístico que es La Manga del Mar Menor, donde los edificios crecen sin ton ni son a modo de torres de Babel, al calor del sol y del poderoso caballero, se sitúa este pequeño remanso tranquilo y sereno, absurdo contraste entre la siempre triste realidad del ladrillo y la paz de las cosas eternas.

Porque este lugar, bajo un faro de los que todavía está en uso por increíble que parezca, refleja esa eternidad que sólo puede transmitir el Mediterráneo, ese mar que ha visto crecer todas las civilizaciones y las culturas europeas, condenado hoy día a simple vertedero por la acción del progreso y el catetismo.

Sin embargo, descansando en una de las calas de la zona, calas feas e incómodas, con piedras sabias que impiden que los turistas abarroten la zona, mientras uno contempla la puesta de sol fumando un cigarrillo y, aunque la estrella que nos da la vida se oculte tras las aberraciones urbanísticas de enfrente, uno puede aún apreciar el inmovilismo de ciertas cosas, captando la esencia antigua y eterna del lugar, saboreando las influencias romanas, fenicias, griegas y cartaginesas (cierto es que para ello haya que utilizar la imaginación porque, lamentablemente, apenas queda un solo rastro de ese lejano paso gracias a las inexistentes políticas de conservación del Patrimonio y la Cultura), transportándose al lugar en el que uno recuerda de dónde procede, ese lugar en el que se mezclaron tantas gentes y culturas que las unas no se pueden entender sin las otras, donde uno se reconcilia consigo mismo, aunque sólo sea por unos fugaces, breves, mágicos y (no sé si afortunada o desafortunadamente) transitorios segundos.

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Escrito por | 3 de agosto de 2007 con 328 comentarios.
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