Vacaciones sin salir de casa
Vacaciones es sinónimo de desconexión, de olvidar nuestra rutina cotidiana, de viajar. Pero, curiosamente, para todas estas cosas, a veces no es necesario salir del lugar donde uno reside.
Toda ciudad, por muy grande y antropófaga que parezca, guarda en su interior lugares ocultos y paradisiacos, que permiten al viajero eventual o al residente habitual, tomarse una pausa del ritmo frenético que se lleva en estas, a veces infames, agrupaciones sin alma a las que llamamos ciudades.
Estos lugares, entrañables y cálidos, rara avis en el entorno en el que se encuentran, invitan a la conversación y al conocimiento mutuo, a la reflexión y a la amistad, a la luz del sol en verano, al calor del interior en invierno.
Porque estos lugares, que deberíamos proteger y alimentar con el mayor de los cuidados, mantienen viva la esencia de lo que, en su origen, fueron todos los bares: lugares de encuentro en los que, independientemente de la zona de procedencia de cada uno, clase social y cultura, uno podía sentirse como en casa. Y, a veces, mejor.
Locales en los que se entablan conversaciones con desconocidos, tertulias entre habituales, con la complicidad, silenciosa a veces, de los camareros que atienden estos pequeños tesoros condenados a la extinción (ojalá que me equivoque), tan afables y entrañables como el propio lugar en sí.
Buscad en vuestras ciudades porque, lo creáis o no, estos mágicos locales que permiten unas breves vacaciones mientras uno saborea una caña bien tirada, existen.
Aunque, dados los tiempos que corren, cueste creerlo.

Escrito por Antonio López |
5 de Julio de 2007 con
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